“Un circo olvidó un ratón ó los terrores infantiles ó cómo convertir a los clientes en terapeutas” escrito por Carlos Lamas

UN CIRCO OLVIDÓ UN RATON 

ó 

LOS TERRORES INFANTILES 

ó 

COMO CONVERTIR A LOS CLIENTES EN TERAPEUTAS

CARLOS LAMAS

 

 Dedicado a mi familia, María y Ana, en el décimo aniversario de su fundación. Septiembre. 1.996.

Hace muchísimos años me despertaba aterrorizado gritando. Mi madre me calmaba, irritándose y apenándose a la vez.

Hace muchos años, mis padres me regalaron un perro. Era un cocker negro. Invisible en la noche, sentía cercano su calor.

Hace muchísimos menos años, era un psicoterapeuta en ciernes. Los casos  que se narraban en los libros me fascinaban. Mi favorito era una caso descrito por B. Montalvo. El síntoma era el terror que un niño manifestaba por los perros. El terapeuta aconsejaba al padre que le regalara un cachorro temeroso de los humanos. El padre debía ayudar a su hijo para que éste lograra proteger al perrito. La estrategia del profesional era clara y sencilla. Lo que convertía este caso en mi favorito era el aprovechamiento de los recursos profesionales del padre, ya que al ser cartero, era un experto en el trato con perros. Este mismo ejemplo ha sido utilizado por L. Cancrini, para compararlo con el caso del pequeño Hans descrito por S. Freud, con el objetivo de mostrar el buen quehacer clínico, resaltando las similitudes de la actividad clínica más allá de los modelos psicoterapéuticos que la guían.

Hace diez años, fundamos una familia. Éramos tres. La pequeña de la casa se despertaba asustada en medio de la noche. Acudía a la cama de su madre. Ésta, solícita,  irritada o simplemente adormilada, la calmaba y conseguía que durmiera. El primer regalo que le hice a la hija de mi compañera fue un conejo blanco de peluche. El muñeco iba acompañado de una historia: “Este conejo tiene un problema. Sufre pesadillas. Se despierta desorientado y aterrorizado. ¿Serás capaz de consolarlo y calmarlo? Sé que es una tarea difícil. A veces, necesitarás ayuda. Pídesela a tu madre, ella te aconsejará sobre cómo hacerlo”.

Hace un par de años, en un programa de formación de post-grado, era uno de los encargados de impartir el tema de consultoría. Todos los alumnos debían presentar un caso “bloqueado” para ser comentado por todo el grupo. Una alumna que sin duda alguna era entusiasta y competente en su trabajo, nos rogó que le dejáramos hacer un breve comentario antes de exponer el caso. En un tono sincero nos informó de la dureza de la situación que a ella la afectaba profundamente, a la par que nos exponía su decidido propósito de ayudar a esa familia.

En un servicio público de psiquiatra infantil se recibe una demanda de atención a raíz  de los terrores nocturnos de la benjamina de la familia. A la primera entrevista acuden los padres, en la década de los cuarenta, y la menor que tiene unos diez años. Los padres relatan con detalle y empatía los terrores nocturnos de la pequeña. Ésta visiblemente  conmovida participa analógicamente en la conversación.

Los padres narran sus múltiples esfuerzos inútiles para ayudar a su hija. Se sienten derrotados por esos terrores nocturnos y tal derrota afecta a su propia percepción de su capacidad como padres que se está desmoronando. Mientras transcurre este episodio de la conversación, la niña se muestra preocupada y triste.

La psicoterapeuta se interesa por el resto de la familia. Ahí surgía la verdadera historia terrorífica. Dos hermanos de la pequeña habían sido diagnosticados de una enfermedad de pronóstico fatal. Uno ya había muerto.

El grupo de alumnos y yo mismo, nos sentimos fuertemente impactados. En seguida, caímos en el isomorfismo a través de interpretar, a nivel simbólico, el síntoma de la pequeña como indicador del terror generalizado que invadía a esta familia. Todos nos sentimos solidarios con el dolor de esas personas y, a la vez, nos sentimos impotentes. Las emociones (el terror) y sus consecuencias pragmáticas (la impotencia) se transportan con las narraciones.

El siguiente paso de cualquier consulta es encontrar puntos fuertes sobre los que sustentar una narración alternativa. Indagamos sobre la competencia de los padres. La profesional nos explica la ausencia de otros problemas en los hijos y de su correcta evolución, ejemplificada por el éxito académico y social. Seguimos preguntando sobre la atención que recibía el hermano enfermo y su familia. Eran tratados por un Servicio de Oncología de un Hospital, que era considerado como muy competente en el tratamiento interdisciplinar de estos casos. Y para finalizar nos interesamos por los recursos de la propia profesional que había expuesto el caso. Ella se sentía poco competente en el tema del acompañamiento de la muerte, pero se sentía capaz en el tema de los terrores infantiles nocturnos.

El siguiente paso de esta consulta fue el dar un consejo claro. En esencia, el consejo fue que le regalara un animal triste de peluche a la niña para que ella le cuidara por las noches.

Al volver a mi casa, le pregunté a Ana si recordaba cómo llegó a casa el conejo blanco. Es el único peluche que guarda de aquellos tiempos y está un poco desfigurado. Un cachorro de perro se comió una oreja. Ana se interesó por la razón de mi pregunta. Le expliqué el caso. Y me regaló un consejo: “Esta chica es demasiado mayor para creerse esa historia. Yo sólo tenía cuatro años cuando me regalaste el peluche”.

No suelo seguir muchos consejos pero éste era excelente. Llamé a mi alumna y añadimos algunos retoques a la idea inicial. Los padres debían participar comprando un peluche triste y llevárselo a la psicoterapeuta sin que la niña se enterara. La profesional convocaría a padres y a la pequeña para confiarle el animal. Un animal que la psicoterapeuta había logrado parcialmente consolar pero que debía recibir una atención especial por la noche que ella misma no le podía proporcionar. La pequeña recibiría el encargo de consolar al peluche por la noche. Se enfatizaría la complejidad de la tarea. Sus padres la podrían ayudar si surgían dificultades. La psicoterapeuta, la pequeña y el peluche se verían al cabo de unos días para valorar el tratamiento. La profesional siguió el consejo, embelleciéndolo y proporcionándole sinceridad y emoción.

A escondidas, los padres le llevaron un triste ratón de peluche a la profesional. En la entrevista conjunta, el ratón ocupaba una silla en la sala. Y la psicoterapeuta narró la siguiente historia:

 “Les quisiera presentar a un paciente mío (señalando al ratón). Ahora lo ven calmado, aunque sigue un poco triste. Lo encontré hace tres días cerca de aquí. Lloraba desconsolado y estaba muy confundido. Lo traje aquí, le di de comer y le hablé. Al cabo de un tiempo, él me regaló su historia personal. Sus primeros recuerdos alcanzan a verse a sí mismo solo, perdido y asustado En medio de una gran tormenta, cuando ya pensaba que moriría, fue rescatado por un payaso. Le dió cobijo en el circo en el que trabajaba. El pequeño ratón se hizo muy amigo de los elefantes a los que quería con devoción. Vivía un año en el circo y aunque soñaba con ser una estrella, jamás pasó de ser la mascota de los elefantes. Pero era feliz. Cuando el tren del circo se paró en esta ciudad, se fue a explorarla. Al volver a la estación, el circo había partido. Lo que el ratón creyó que sería una actuación, fue una parada técnica. Llevaba dos días llorando cuando se encontró conmigo. He intentado encontrar el circo pero no he dado con él. He hablado mucho con el ratón. Durante el día se muestra tranquilo y confiado, pero al caer la noche se asusta de su propia tristeza. Yo no puedo llevármelo a casa. Tengo un perro que se come a los ratones. Así que he pensado en ti, pequeña. El ratón necesita compañía por la noche y cuando se siente solo, necesita que lo calmen. Es una tarea difícil. Durante el día, la luz ahuyenta sus temores y le encanta hacer su vida. Pensaba que podrías intentar hacerte cargo del ratón. Si tienes problemas tus padres pueden ayudarte a solucionarlos. Pero me gustaría que nos viéramos tú, el ratón y yo dentro de unos días para ver como os va”.

La pequeña aceptó encantada el encargo. Los padres se mostraron muy emocionados con la sesión. La psicoterapeuta quedó gratamente sorprendida por la reacción de todos.

La pequeña acudió puntualmente a su cita. Acompañada del peluche explicó a la profesional los extraordinarios avances de su amigo el ratón. Ninguna noche ella había tenido que actuar. Solo tuvo que intervenir el primer día para solucionar un problema. Ella ya tenía un peluche y no sabía dónde poner al ratón para que éste se sintiera tranquilo y el otro no se sintiera desplazado. Después de mucho pensar decidió que lo mejor era que durmiera con uno a cada lado. Parece que la solución funciona pero le gustaria saber la opinión de un experto. La psicoterapeuta le felicitó por su éxito y le confirmó lo atinado de su comportamiento.

Los padres confirmaron que los terrores nocturnos habían desaparecido. Mostraron efusivamente su agradecimiento y se despidieron

En el seguimiento, los terrores nocturnos no volvieron a aparecer. El otro hijo murió.

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